Y dime vida cuánto hay que creer, a quién hay que creer, y vos, a quién quieres creer?
Un estallido en la cabeza refleja la realidad de que pensar hace mal. En donde debo esconderme para no sentirme tan sola, para que no me traten de loca?
Pero con decir eso vuelvo a caer en lo que quiero evitar. Cosificar cosas que llegan al grado de naturalizarse de modo tal, que olvidamos todo rastro humano en ello.
Ver la vida de manera distinta no me hace mejor, solo me aleja más de aquél bienestar común al que siempre nos indican llegar.
Pertenezco a la clase que siempre trabaja, la que nunca recibe nada. Nos quejamos de quienes gobiernan, para ganar los votos de los más pobres y dejar bien parados a los pocos que más tienen.
Me educan para moldearme a un nivel de sociedad clasificado por lo que llevo en los bolsillos.
No tengo creencias, mas a mi la fe, no me apetece representarla en estampillas intercambiables, y mi casa es una sola, la que me dieron mis padres.
Pero al volver a pensar y releer lo que escribo, me pregunto hasta que punto estas mismas conclusiones, estas mismas frases, estos mismo pensamientos, fueron reproducidos por décadas y décadas.
Porque me enseñaron a no pensar, me educaron para seguir órdenes, y me castigaron cuando no cumplía, aplicando sanciones que van desde una nota de reprobado en un examen hasta excluirme de cualquier tipo de salida social por no considerarme apta para poder transitar en él.
Me enseñaron que la condena social es lo peor que te puede pasar, y para que eso no pase, es preferible no pensar...
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